En una mañana donde el sol decidía esconderse tras una manta de nubes grises, con un viento frío que no invitaba mucho a salir de casa, no tenía idea de qué preparar para comer. Lo que sí tenía ya decidido para esa tarde era ver Ratatouille en el sofá con mantita.
No puedo seguir en mi zona de confort; si ya me he atrevido con la comida italiana, es hora de probar cosas nuevas: la cocina francesa, «porque lo nuevo necesita amigos». Mi aventura no comenzó en las calles de París, si no en el teatro cómico de mi cocina. Con el entusiasmo que me caracteriza, sartenes y ollas a remojo por los pases anteriores, solo me queda el horno como fiel compañero -en el olvido queda ya aquel asado de carbón-. Decidí hacer algo fácil: el Quiché de jamón york -sí, ya lo sé, es que no aprendo-.
El primer paso, abrir el paquete de masa brisa, primer logro conseguido -Si todo sigue así, pronto acabaré sin sobresaltos-. Toca colocarla en el molde; tiro de un lado, encojo de otro. ¿Cómo es posible que Arquímedes consiguiera la cuadratura del círculo hace miles de años y yo no pueda poner un rectángulo de masa brisa en un molde cilíndrico? «Es solo una pequeña dificultad, lo importante es no dejar agujeros grandes en la masa», me decía a mí misma. Una vez logrado, procedí a «pintar» la masa con huevo batido, tarea durante la cual más huevo terminó en la encimera, en el delantal y en mi ropa que en la masa misma.
Con la masa esperando en el horno, me dispuse a saltear el jamón york. Aquí es donde la comedia paso al suspense: el jamón saltaba de la sartén como si intentara huir de su destino -El Alcatraz jamonil-. Cada vuelta era un acto de fe, y aunque spoiler: algunos trozos lograron su huida, la mayoría se rindió a mi determinación.
El siguiente acto de esta tragicomedia fue batir los huevos junto con la nata y la leche. Una vez ya estaba manchada de huevo, había perdido el miedo. Lo que desató una mini tormenta en la cocina con solo batir. La mezcla tenía la apariencia de un mar embravecido, con salpicaduras adornando no solo la encimera, sino también aportando nuevos toques de color a mis ya manchadas prendas.
Finalmente, con la mezcla lista y el jamón domado, procedí a integrar cada parte en mi obra maestra. Al verter la mezcla sobre la masa, sentí por un momento que todo el caos culinario tenía un propósito. El horno, precalentado y testigo de mis esfuerzos, recibió el quiché con una promesa de redención.
Los minutos pasaban mientras yo, con una mezcla de esperanza y ansiedad, vigilaba su progreso. Cuando finalmente lo saqué, la superficie dorada del quiché me miraba, no solo como un plato listo para ser degustado, sino como el trofeo.
¡Comparte y comenta sobre tus propias aventuras! ¡Cualquiera puede cocinar!
Receta
Ingredientes:
- Nata: 200 ml.
- Leche: 100 ml.
- Huevos: 4.
- Jamón York: 200 g.
- Queso rallado: 200 g.
- Masa brisa (quebrada): un paquete.
- Sal y pimienta.
Instrucciones:
- Coloca la masa en un molde redondo, abierta como una flor.
- Bate un huevo y pinta la masa con él.
- Agujerea la masa con un tenedor.
- Precalienta el horno a 180ºC.
- Mete el molde en el horno por 10 minutos para secar la masa.
- Saltea el jamón york en una sartén por unos minutos.
- Retira el jamón del fuego y déjalo enfriar.
- En un bol, bate 3 huevos.
- Añade nata y leche a los huevos y mezcla.
- Salpimenta al gusto, teniendo en cuenta la salinidad del jamón.
- Vierte el jamón york en el molde con la masa.
- Deja un poco de jamón para decorar.
- Añade queso rallado sobre el jamón.
- Vierte la mezcla de huevos, nata y leche sobre el queso.
- Decora con el jamón york reservado.
- Hornea a 180ºC por unos 15 minutos, vigilando para que no se queme.
- Haz la prueba del palillo; si sale seco, el quiché está listo.




