Tras comprar un par de zapatos -a juego con mi delantal favorito-, me encontré frente a un dilema inesperado: no tenía dónde colocarlos. Resulta que los zapatos me duran décadas, en contraste marcado con la efímera vida útil de mis delantales.
Ante la falta de espacio, no me quedó más remedio que adquirir un nuevo zapatero. Mi compañera de piso no puso ninguna objeción -tiene aun mas zapatos que yo-. Así, con la determinación ciega que me caracteriza, solo superada por mi total inconsciencia, decidí enfrentarme al desafío: montar un mueble de IKEA donde todo viene en plano y con instrucciones que parecen jeroglíficos modernos.
Con una mezcla de valentía y una pizca de imprudencia, me sumergí en el proceso de montaje. Piezas que no encajaban, tornillos que desaparecían y un manual de instrucciones que resultaba menos útil que un mapa del tesoro sin la X. Después de horas de lucha, y con más piezas sobrantes de las que me gustaría admitir, el mueble estaba… bueno, digamos que estaba «montado», en un sentido muy amplio de la palabra.
Exhausta pero triunfante, miré mi creación; cojeaba más que cuando solo llevas un tacón -nadie es perfecto-, me dije. Coloqué mis nuevos zapatos y me sentí capaz de todo. Ahí fue cuando decidí que cocinar una merluza con tomate sería pan comido en comparación. Oh, cuán equivocada estaba.
Con la cocina como mi nuevo escenario de película cómica, comencé pelando zanahorias y cebollas, esta vez sin la amenaza de piezas sobrantes. Sin embargo, la zanahoria decidió jugar al escondite, rodando por el suelo de la cocina como si tuviera vida propia. La cebolla, por otro lado, decidió vengarse de mí por osar cortarla, haciendo que mis ojos lloraran como si estuviera viendo el final de un drama romántico.
El aceite caliente y yo siempre nos miramos con recelo. El desencuentro llegó cuando decidí marcar la merluza; digamos que mi delantal lleva nuevas marcas decorativas desde entonces. Y cuando mezclé la merluza con el sofrito, una parte de mí temía terminar con un plato que reflejara el desastre de mi zapatero recién montado.
Pero contra todo pronóstico, la merluza con tomate no solo resultó comestible, sino una suave y ligera cena. Y así, con mi estómago lleno y mi espíritu algo reparado, miré mi mueble cojo y supe que algunas victorias vienen disfrazadas de merluza con tomate.
Te invito a intentar esta receta, a enfrentar tus propios muebles cojos y cebollas vengativas, y a compartir tus historias de triunfos y fracasos en los comentarios. ¡A cocinar se ha dicho!
Receta
Ingredientes:
- Merluza: 1 merluza sin cabeza ni cola, en rodajas.
- Zanahoria: 2 unidades.
- Cebolla: 2 unidades.
- Tomate frito: 1 bote
- Harina: 1 vaso.
- Aceite de oliva.
- Sal, pimienta.
- Azúcar: una pizca.
Instrucciones:
- Pelar la zanahoria y rallarla de forma alargada.
- Pelar la cebolla y cortarla en juliana.
- Calentar un chorro de aceite en una sartén y añadir la zanahoria y cebolla para pocharlas.
- Añadir sal y pimienta al gusto.
- Una vez pochado, incorporar el tomate frito, un poco de agua para aligerar la consistencia, y una pizca de azúcar.
- Cocinar unos minutos más y luego retirar del fuego para dejar reposar.
- Rebozar la merluza en harina (sin huevo) en un plato aparte.
- Calentar aceite en otra sartén y marcar la merluza a medio fuego hasta que esté casi cocida.
- Añadir la merluza al sofrito que hemos dejado reposando.
- Mezclar con cuidado y cocinar todo a fuego lento hasta que la merluza se termine de cocinar.




