En medio de una clase de «escritura creativa», el profesor nos instaba a practicar más a menudo, utilizando la frase: se necesitan 10.000 horas de práctica para dominar cualquier disciplina. Yo, incapaz de guardar silencio, salté con un comentario: «Entonces, según esa lógica, yo debería estar cocinando a nivel de un restaurante de 5 estrellas Michelin.» Un murmullo se coló entre las risas, «Pero si ni siquiera existe el 5 estrellas Michelin.» El profesor, sin perder el compás, intervino: «Si no avanzas, quizás es momento de revisar tu método de aprendizaje, enfrentarte a nuevos desafíos, hacer algo distinto que te permita pasar al próximo nivel.» Esa idea, «pasar al próximo nivel», se grabó en mi mente, repitiéndose todo el camino a casa como un mantra.

Motivada por esa perla de sabiduría, decidí que buscaría un reto al siguiente nivel, pero no se me ocurría nada, hasta que mi compi me preguntó si me apetecía pedir comida a un italiano. «Ya está, voy a pasar al próximo nivel, prepararé un plato de comida italiana», afirmé con total convicción. «¿Cómo se te ocurren estas ideas?» preguntó mi compi. «Es lo que nos ha enseñado hoy el profesor de escritura creativa», respondí. «¿Le has dicho algo de tus antecedentes? ¿Le has mencionado la visita de los bomberos?» replicó ella. «No, dice que tengo que practicar para llegar al próximo nivel», respondí yo. «Vale, conmigo no cuentes para fregar sartenes quemadas», apostilló ella. «Voy a preparar lasaña», repliqué. «¿Pido ya al italiano o espero a después del desastre?» me dijo con una sonrisa burlona.

Coloqué todos los ingredientes sobre la encimera, aunque parecían más bien acertijos sin resolver —»¿Cómo se sabe si la pasta está al dente?» o «¿Realmente existe el punto medio en la cantidad de queso?»—, me lancé al abismo de la cocina italiana con el entusiasmo de un explorador sin mapa. El tomate, esa fruta disfrazada de verdura, se convirtió en mi primer obstáculo. Cada intento de cortarlo terminaba en deslizamientos escurridizos, como si supiera que mi destreza con el cuchillo era comparable a la de un pingüino en una pista de hielo. «Creo que voy a dejar el tomate para la ensalada», me dije a mí misma antes de ir a buscar un bote de tomate frito.

Un reto mucho mayor consistía en hacer bien la bechamel, que inició su propia rebelión, burlándose de mis intentos por alcanzar la cremosidad típica. En lugar de ello, me encontré con grumos que parecían pequeñas islas en un mar lechoso, resistiéndose a integrarse. «Esto es más complicado que montar un mueble de Ikea sin instrucciones», murmuré, mientras contemplaba mi creación con una mezcla de esperanza y resignación. No tengo ningún bote en casa del que sacar bechamel bien hecha, así que no me quedaba otra que repetirla. Sofoqué numerosas rebeliones y al final conseguí una suavidad sin rastro de grumos.

Ya había agotado todo el margen, un error más y acabaríamos cenando a horas intempestivas o resignada a pedir al italiano. Preparé el relleno y realicé el ensamblaje sin mayores complicaciones, metí al horno la bandeja y me quedé vigilante. El horno y yo estamos realizando ejercicios de confianza mutua, pero hoy no era el día de otro «accidente» en el horno. Hoy estaba escrito que yo iba a subir al siguiente nivel. Mientras el tiempo pasaba, los aromas comenzaron a llenar la cocina, un perfume de esperanza que me hizo pensar que, quizás, esta vez sería diferente.

Llegó el momento, saqué la lasaña del horno con un profundo sentido de satisfacción. Un aroma de comida recién hecha salió de la cocina solo para invocar la presencia de mi incrédula compi. «Qué bien huele», decía mientras cruzaba el umbral de la puerta. En ese momento enmudeció y, solo tras recuperar el aliento, se atrevió a insinuar: «¿Es que has invitado a cenar a toda la clase? ¡Has hecho lasaña para una semana!», yo le repliqué: «¿No habrás pedido comida al italiano?», pues resultó que sí.

¿Y tú? ¿Te enfrentarás al reto de la lasaña casera? Anímate a compartir tus experiencias, triunfos y desastres en los comentarios.

Receta

Ingredientes:

Para la bechamel:

  • 200 ml de leche
  • 50 g de mantequilla
  • 2 cucharadas grandes de harina
  • 1 cucharadita de sal fina
  • 1/3 cucharadita de pimienta
  • 1/3 cucharadita de nuez moscada

Para el relleno:

  • 1 cebolla
  • 1/2 pimiento rojo
  • 1 diente de ajo
  • 500 g de carne picada (al gusto)
  • Sal (al gusto)
  • Pimienta (al gusto)
  • Orégano (al gusto)
  • Tomate frito (cantidad necesaria para mezclar con la carne y obtener la consistencia deseada)

Instrucciones:

  1. Bechamel: Calienta la leche sin que llegue a hervir y aparta. En otro cazo, derrite la mantequilla, añade la harina mezclando hasta que se tueste ligeramente y adquiera un poco de color. Incorpora la leche calentada previamente y mezcla bien a fuego lento hasta que la mezcla espese lo suficiente como para formar un hilo al levantar la cuchara. Finaliza añadiendo la sal, pimienta y nuez moscada, mezcla y reserva.
  2. Relleno: Sofríe en una sartén la cebolla, el pimiento rojo picados y el ajo. Añade la carne picada, sal, pimienta y orégano al gusto. Sofríe bien y agrega tomate frito hasta obtener la consistencia deseada. Corrige de sal si es necesario y reserva.
  3. Montaje: En una bandeja de horno, coloca una capa de relleno, luego las hojas de lasaña frescas (sin necesidad de cocerlas previamente), añade más relleno y un poco de queso mozzarella. Repite las capas hasta terminar. Cubre la última capa de hojas de lasaña con la bechamel preparada, asegurándote de cubrir toda la superficie, y termina con una generosa capa de queso mozzarella rallado. Hornea hasta que el queso esté dorado y burbujeante.

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